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El orgullo de ser “zurdo”: del exabrupto rioplatense al ridículo atlántico

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Por Lois Pérez Leira  (Coordinador Regional del Sovintern, Red Internacional Socialista)

A estas alturas de la comedia política internacional, hay que agradecerle formalmente a Javier Milei su generosidad terminológica. El muchacho del peluquín indomable y la motosierra desafinada llegó a la Casa Rosada con la firme intención de convertir la palabra «zurdo» en un insulto definitivo, en una suerte de anatema bíblico capaz de hacer temblar a cualquiera que sugiriera que la educación pública o la sanidad no deben ser un negocio de la bolsa.

Durante meses, el ecosistema ultraliberal porteño se regodeó usando el adjetivo como pedrada en la cabeza. «Zurdos de mierda», bramaban en las pantallas y en las redes, convencidos de que habían inventado la pólvora del odio político. Pero la historia —esa vieja zurda terca que siempre termina metiendo la pata en el guion de los poderosos— tenía preparados dos giros de libreto extraordinarios.
​El primero ocurrió en la propia Buenos Aires. Cuando la violencia verbal amenazaba con acorralar las ideas progresistas, fue Myriam Bregman en los debates televisivos quien miró fijamente al león de utilería y, con la templanza de quien lleva años militando en las calles, recogió el guante. No hizo falta victimizarse ni pedir clemencia. Bastó con adueñarse de la etiqueta, sacudirle el polvo del desprecio y lucirla con la frente alta: sí, somos la izquierda, somos la zurda que no se calla ni se vende. El estigma se transformó en bandera en cuestión de minutos. El insulto, vaciado de su carga venenosa, rebotó en la cara de su emisor.

Pero el viaje no terminó en la Avenida de Mayo. Como tantas cosas buenas que viajan entre la Galicia que me vio nacer y la Argentina donde me crié, la palabrita terminó cruzando el Atlántico en el equipaje de los viajes diplomáticos de Milei a España.

Al llegar a Madrid, la derecha más estrambótica pensó que importaba una fórmula mágica para pulverizar al Gobierno. Lo que no calcularon fue el poder transformador de la retranca y de la ironía política. Pedro Sánchez y la izquierda española, lejos de asustarse o pedir perdón por existir, tomaron el término traído desde el Cono Sur y lo convirtieron en un bumerán humorístico. De repente, en el Congreso de los Diputados y en los mítines europeos, declararse «zurdo» pasó a ser sinónimo de defender pensiones dignas, sanidad para todos y derechos laborales frente al grotesco show del capitalismo salvaje.

Hay una ley no escrita en la sociolingüística y en la lucha política: cuando el adversario intenta convertir una palabra en una piedra para lapidarte, la mejor respuesta no es esquivarla, sino vestir esa palabra con orgullo colectivo.

Hoy, gracias al involuntario favor de los libertarios de la motosierra, la masa trabajadora, la militancia social, los estudiantes y los de abajo exhiben la etiqueta sin complejos. Mientras tanto, quienes creyeron que a fuerza de gritos y descalificaciones iban a enterrar un siglo de conquistas sociales terminan atrapados en su propio ridículo. La historia es sabia y tiene memoria: los que gritan desde el odio pasan como un mal chiste de temporada, mientras que el orgullo de los «zurdos y zurdas» seguirá caminando, a ambos lados del océano, por la ancha alameda de la dignidad.

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