Lunes, Junio 29, 2026
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​África ganó el Mundial de fútbol

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​por Lois Pérez Leira (Coordinador Regional del SOVINTERN para América Latina y el Caribe)

​El fútbol, ese espejo inabarcable de nuestras sociedades, ha dictado sentencia. Al observar los rectángulos de juego de las grandes potencias europeas, el veredicto es ineludible: el Mundial de fútbol, en su esencia más profunda, ha cambiado de manos. El triunfo hoy es de África.

Ya no existe selección nacional de renombre que no se nutra de la savia, la potencia y la magia de los hijos de la diáspora africana. Aquella vieja narrativa de la “Alemania aria”, de la Francia hegemónica o de una España, Portugal e Inglaterra que se creían autosuficientes, se ha desmoronado ante la realidad de un mundo globalizado.

Resulta una ironía cargada de justicia poética: si aquellos que hace décadas intentaron cimentar una supremacía basada en la supuesta pureza de sangre pudieran resucitar hoy, morirían de nuevo al ver sus estadios. La “raza” que buscaban preservar ha sido reemplazada por el talento vibrante y mestizo de los hijos de África. Aquellos a quienes intentaron deshumanizar son ahora los ídolos máximos de las naciones que históricamente pretendieron imponerles su hegemonía.

​Hoy, figuras como Kylian Mbappé, con sus raíces camerunesas y argelinas, o el vertiginoso Lamine Yamal, de ascendencia marroquí y guineana, son los rostros que definen el éxito de sus respectivas naciones. En las bandas, el talento ghanés de Nico Williams y la versatilidad nigeriana de Bukayo Saka dictan el ritmo del juego, mientras que el despliegue físico de Eduardo Camavinga en el centro del campo y la jerarquía defensiva de Antonio Rüdiger en la zaga germana son los pilares sobre los que se sostienen las potencias europeas.

​No es solo una cuestión de habilidad, aunque verlos correr sea contemplar una danza atlética que transforma el balón en una prolongación de su voluntad. Es que el fútbol, en su versión más brillante, hoy habla lenguas africanas. Son los hijos de la migración, esos que llevan en sus venas la historia de un continente que ha sido esquilmado, quienes hoy levantan los trofeos, portan los brazaletes y acaparan las portadas de los diarios deportivos más prestigiosos del planeta.

​Sin embargo, sería una miopía intelectual reducir este fenómeno a la capacidad de África para exportar deportistas, o incluso músicos de talla universal, que llenan de ritmo y color la escena cultural global. Debemos ir más allá de la anécdota del césped.

​Mi tesis es sencilla pero contundente: África es, indiscutiblemente, el continente del futuro. Pero para que este futuro sea plenamente suyo, debe ocurrir el evento más trascendental del siglo: el fin del neocolonialismo y el cese definitivo del saqueo de sus riquezas.

​Hoy, África le entrega a Europa su mejor talento para que esta triunfe en los estadios, mientras las multinacionales continúan extrayendo, con métodos que poco distan del viejo colonialismo, los recursos naturales que deberían cimentar el desarrollo y la dignidad del continente africano. El “Mundial de África” no estará completo mientras ese intercambio sea asimétrico; el verdadero triunfo llegará el día en que la riqueza africana se quede en casa, transformando la infraestructura, la educación y la calidad de vida de sus pueblos, y no solo la vitrina de trofeos de las naciones que históricamente la han explotado.

​Que el mundo celebre sus goles, que se maraville con su despliegue físico y su alegría, pero que no olvidemos la deuda. África ya ha ganado el fútbol; ahora es momento de que gane su soberanía, su justicia y su lugar legítimo en la historia que está por escribirse.

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