¡Gallina que no pone huevo, al puchero! ¿Quién es el traidor?

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por Ale Mora

Gallina que no pone huevo, al puchero! paremia tradicional para ejemplificar que la función es tan importante como el enunciado. La simplicidad de la idea nos lleva a entender que las consecuencias, aunque trágicas, son producto de los actos para los que fuimos seleccionados. En el caso de la gallina, la idea del huevo suena atractiva para el humano, tanto así que, de no cumplir con el acto, las consecuencias serán desastrosas.

¡Al puchero, señorío! Así de simple. Comer resulta tan importante entre nosotros que la necesidad tendrá la consecuencia práctica en el sacrificio del ave de granja que por siglos ha alimentado a nuestro pueblo.

Estas ideas tan sencillas y prácticas de nuestros vocablos nos guían en el cotidiano. Es una especie de embajador del lenguaje criollo que recorre los Andes de proa a popa, y suena tan normal que es una manera práctica de comunicarse utilizada por moros y cristianos.

Gabriel lo dijo el 11 de marzo; ya han pasado dos años de ese día: “Como pronosticaba hace casi 50 años Salvador Allende, estamos de nuevo, compatriotas, ‘abriendo las grandes alamedas por donde pase el hombre libre’”, añadiendo al final de su discurso de ingreso a La Moneda con un “el hombre y la mujer libre, para construir una sociedad mejor”, haciendo gala de la frase más usada por la izquierda en este último medio siglo “palabreando” al compañero Presidente.

Ahora, este ejercicio previo a una decisión tan importante como quién nos gobierna ha sido tan vapuleado que cada día se aleja más de los gobernados. Se toma como una obligación, ¡naaa! “¡Si igual mañana trabajo!”, “al final yo no gano nada”. Nos ha confirmado que la disociación popular con los gobernantes es intencional por las clases dominantes; su modelo es perfecto: pagamos por sus privilegios no recibiendo nada. La respuesta siempre es “en la medida de lo posible”, relegando las necesidades que sí nos afectan a la cola de una gran lista.

¿Entonces? El epíteto del complaciente tilda producto de una frustración intencionada al susodicho de “traidor”. Entonces, ahí está el conflicto, porque el dicho funciona a beneficio del supuesto “traidor”, porque para ser traidor se necesita ser un aliado del pueblo y cumplir con características de un aliado. El amarillo, el merluzo o simplemente Gabriel nunca fue un aliado, y espero ponerlo en contexto.

Un aliado funciona como un cortafuegos entre el poder que aflige a la mayoría y sus métodos de dominación. Los casos múltiples en los cuales se vio al involucrado, hoy presidente de Chile, con negociaciones con el poder fueron tantos que resulta difícil escoger cuál nombrar, pero por acá van algunas:

Vamos a partir con recordar el discurso del 11 de marzo cuando ingresa a La Moneda para dejar contentos a sus adherentes… 

Su llegada al ex congreso durante el estallido fue uno de los principales e imperdibles gestos de apertura pública para con las élites, de la cual es necesario recordar que forma parte hace años. Llegar al diputado por esos años nunca fue fácil; había que saltar distintas vallas de seguridad con su respectivo equipo.

En esa misma línea, la ley antibarricadas, su alejamiento de las movilizaciones y sus constantes disculpas con las élites desde “no es la forma”, su crítica a la república bolivariana, van dejando claro que Boric “es medio yellow” como le dijo el gran Jorge González. Pero el popular asiduo e impulsado a olvidar cayó bajo los efectos comunicacionales del refrán facilista del “todos contra el fascismo”. Hoy se demuestra que el populismo y la falacia son más necesarios para el poder que nunca; adormece y nubla el juicio, si es que eso se puede lograr en una masa, para dar paso al exitismo y abandono.

Entonces, el “traidor” no es traidor porque nunca fue un aliado. Era alguien que solamente debía cumplir un objetivo popular: que la derecha no avanzara. A tres años de su elección, eso no es posible. Entonces, vamos al título de esta columna: ¡Si la gallina no pone huevo, al puchero!

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