No-binarismo: ¿Libertad revolucionaria o perpetuación conservadora?

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Lejos de que el no-binarismo termine con este sistema binario ante el que nos encontramos, crearía uno nuevo en el que encontraríamos: el binarismo, y el no- binarismo.

¿De dónde viene y por qué es un fenómeno tan extendido entre adolescentes y jóvenes adultos? Para llegar a la tangente y comprender el problema actual que supone el no-binarismo, será necesario indicar en primera instancia de qué se trata.

Amelia Guerrero (El Baluarte Noticias)

Miles de jóvenes de toda Europa y sobre todo EEUU se autoidentifican hoy día como “no-binarios”. Pero, ¿Qué es esto y cómo les afecta? ¿De dónde viene y por qué es un fenómeno tan extendido entre adolescentes y jóvenes adultos? Para llegar a la tangente y comprender el problema actual que supone el no-binarismo, será necesario indicar en primera instancia de qué se trata.

¿Qué es el binarismo y no-binarismo?

El binarismo se define como un compuesto de dos elementos, siendo en el ámbito sexual y de género, el masculino y femenino (estrechamente vinculado al hombre y la mujer mediante los cromosomas XY y XX respectivamente). De tal forma la teoría o binarismo “queer” recoge que aquellas personas que no logran percibirse bajo los géneros masculino y femenino creen una nueva divergencia en la que se pueden identificar con ambos géneros o renegar de los mismos. Además, afirman que existe un gran “espectro” que reconoce ubicarse confluyendo entre lo masculino y femenino, pudiendo encontrar a los pertenecientes del género fluido, demi-géneros, poli-géneros, agéneros, etc.

Aquí se halla el primer problema. A pesar de que en redes sociales (y a veces esto ha llegado al mundo académico) muchos quieren hacer creer a su audiencia que se trata de un concepto o identidad que lleva perviviendo en la sociedad desde la Roma Clásica, por el contrario, no se ha encontrado aún ningún tipo de documentación perteneciente a este periodo (ni a ningún otro) que pueda evidenciarlo, al margen de relatos mitológicos que no se sustentan en ningún hecho material, por lo que tienen que recurrir a las definiciones (aunque variables) que pertenecen a la contemporaneidad.

Es importante mencionar que, desde nuevas líneas de estudio simpatizantes con lo ‘queer’, intentan demostrar, mayoritariamente a posteriori sobre hallazgos ya realizados, se tratan, en realidad, de personas no-binarias. Estos hallazgos suelen implicar a mujeres y hombres de otras épocas históricas cuyos restos habían sido descubiertos cumpliendo un rol no esperado para su sexo (mujeres enterradas con lanzas o espadas u hombres con ajuares con espejos, agujas e hilos). Es así como, a pesar de que la evidencia ósea revela inequívocamente que existían mujeres cazadoras y guerreras en el pasado, se anteponen los componentes culturales e ideológicos actuales en el análisis histórico para hacer ‘encajar’ estas supuestas teorías con los hallazgos.
 Sin embargo, al carecer de documentación perteneciente a estas épocas que pueda constatar que el no-binarismo fuese un fenómeno que realmente se diese, parece realmente tratarse de otra forma de intentar adueñarse de la objetividad, el análisis histórico y el pensamiento crítico.

De tal forma, esta teoría recoge un amplio espectro de identidades que confluyen. Se trata de un término que también varía en función de la persona que se auto-percibe según su manera de ser, sentir, y vivir que experimenta bajo esta condición de su identidad. Esta teoría niega de tal forma la existencia de las identidades colectivas y del sexo biológico.

Sin embargo, las personas encajamos de manera inequívoca en dos sexos al ser dimórficos: machos y hembras. Se encuentran diferencias entre ambos sexos, siendo fundamental los dos tipos de gametos específicos (nuestras células reproductoras): los espermatozoides y los óvulos. No se encuentran gametos intermedios. Por otra parte, el género se trata de un constructo social que se erige al depender del sexo. Es una categoría acientífica, no exacta y no universalizable. De tal forma, en humanos, tanto el sexo como el género, están definidos por estos indicadores, siendo por definición, masculino o femenino. Binario. No se encuentra ningún espectro. Asimismo, tampoco se trata de un factor cultural, ideológico, o creado por una sociedad. La naturaleza carece de dogmas e ideologías, a pesar de que se intenten utilizar las ciencias que la estudian para tergiversar para validar ciertas posiciones ideológicas.

Se debe recalcar que ser hombre o mujer es mucho más complejo que hablar únicamente sobre genitales. Se trata también de la glabela, la mandíbula, la escotadura ciática mayor, la curva del hueso sacro, o incluso las diferencias que se presentan entre hombres y mujeres en el radio, el cúbito, el fémur, las falanges etc., que además, indudablemente, se corresponden con los genitales.
Es así este dimorfismo, que mediante la Antropología forense, se pueden realizar estudios e investigaciones sobre restos óseos enterrados hace miles de años, y dilucidar si estos restos se tratan de un hombre, o una mujer (principalmente por el contorno pélvico en particular).

¿Qué ocurre con las personas intersexuales?

Las personas intersexuales, son, según la OMS y la ONU, aproximadamente de entre el 0,05% y 1,7% de la población mundial. No se puede aceptar una anomalía a la hora del desarrollo de los caracteres sexuales como norma general de entre los casi ocho mil millones de personas que conviven en el presente. Debido a la salud de los pacientes, se reasignan estos caracteres a una edad temprana en función de qué parte tienen más desarrollada (masculina o femenina). Es así como incluso la ISNA (Intersex Society of North America) defiende este binarismo de género, no buscando que se les etiquete como miembros de un tercer género, o que exista una sociedad sin los mismos.

De esta forma es como los humanos son, hasta cierto punto, una combinación de rasgos típicamente femeninos y masculinos. Ningún hombre, por ende, tendrá un 100% de rasgos puramente masculinos, ni tampoco una mujer presentará un 100% de rasgos exclusivamente femeninos. Sin embargo, los hombres en promedio presentan más rasgos masculinos, y las mujeres más femeninas, aunque se pueden ir superponiendo unos a otros. Eso es lo que hay que respetar. No patologizar unos rasgos, ni ponderar otros.

Si una persona es muy masculina, o femenina, independientemente de cuál sea su sexo, está bien.

No es por tanto ni adecuado, ni oportuno, calificar a cualquier persona que presente cierto grado de disconformidad con los rasgos referentes a su sexo, y mucho menos relacionarlo como perteneciente a una tercera categoría de género, o que se encuentra constantemente en una fluidez del mismo. De igual forma, que esto sea algo sobre lo que nos podamos autodeterminar es incluso peligroso. Lo es de la misma forma que puede serlo el autodiagnóstico de ciertos elementos claves para nuestra salud mental (ambos relativos e influyentes en nuestra identidad) como ciertos tipos de trastornos o enfermedades.

La constante identificación auto percibida, individual, que clasifica cada vez más lo exiguo de la identidad, es incluso pernicioso, ya que busca cambios en la sociedad actual y su manera de regirse. Este tipo de “libertad”, pareciendo inofensiva, a veces es incluso impuesta hacia todos los observadores. Exigen que se les reconozca, clasifique, identifique y refiera a ellos exclusivamente por la condición que cada uno vea conveniente. Cabe recordar que el no-binarismo varía en función de cómo lo vive cada persona, supuestamente.
Sin embargo, al comparar esto con elementos como la edad o la propia apariencia física, empieza a parecer absurdo. No podemos en última instancia decirle a todo aquel que nos ve que debe referirse a nosotros bajo adjetivos calificativos específicos, si solo nos percibimos así nosotros mismos. Tampoco podemos evitar que sea hasta cierto punto obvio la edad que presentamos. Se puede diferenciar a una persona joven (como un infante), de una persona adulta o de avanzada edad, sin necesidad de que se nos indique a priori.

Por el contrario, esto no redefine ni reconfigura el género. La forma individual que se tenga de auto percibirse de ninguna manera se debe convertir en una imposición sobre el resto, o que pretenda traer cambios radicales tanto en la sociedad, como en la forma de relacionarnos unos con otros. Tampoco es parte de nuestra obligación adaptarnos a estas nuevas corrientes.

El no-binarismo en otras culturas y sociedades.

Asimismo, otro argumento que pretende defender esta teoría se trata de la existencia del no-binarismo en otras culturas, sociedades, o periodos históricos. Hablamos, por supuesto, de un no-binarismo de género, y nunca de sexo, pues este ya hemos indicado que es un concepto espurio.

Cabe destacar que se puede aceptar, por una parte, la existencia de culturas con tres o más géneros, y mantener que éste, sea un elemento binario. No porque ocurra en otras culturas o sociedades significa que por ello deba ser (o sea) universal. No se sustenta en una teoría científica que constate la validez o universalidad de esta; se trata más bien de componentes culturales de grupos concretos. Por ende, no es posible desmontar este sistema binario de lo masculino y femenino, ligado al hombre y la mujer.

Es preciso tener en cuenta las condiciones materiales que envuelven a todas estas culturas que se mencionan, revelando que son sumamente distantes. Esto se aplica tanto en las sociedades pasadas contrastadas con las presentes, como las que encontramos en culturas alejadas del oeste, en especial contraposición con Occidente. De manera recurrente el punto de vista principal desde el que se analizan estas sociedades, como, por ejemplo, a los ‘hijra’ de la India, es desde el occidental y con cierta idea preconcebida que se pretende confirmar, no como algo etnográfico ni etnológico. Este es un error metodológico crucial.

Por otra parte, los estudios que intentan abordar este tema mayoritariamente se realizan mediante un punto de vista sociológico, haciendo referencia a la forma de actuar, expresarse, vestir, o vivir de hombres y mujeres, en los cuales varían conceptos que nada tienen que ver con cómo están estructurados de forma biológica o psicológica (parte fundamental respecto a este binarismo). Tener rasgos masculinos y femeninos, o que predominen unos más sobre otros, independientemente de tu sexo, no te hace cambiar la realidad con la que has nacido.
Es más restrictivo pensar que por haber nacido como hombre o mujer tengas un papel que obedecer o asumir, o incluso exista una especie de espectro a “cumplir” que hace que eso sea lo único te convierta en mujer; que entender que haber nacido de cualquier manera, no debería condicionar tu manera de vivir o expresarte.

Hay que añadir que desde algunos países o sociedades que se encuentran en otro punto material pero que perviven a día de hoy, como en países de Latinoamérica, Irán, Arabia Saudí, etc., el género no es ni “empoderante”, ni mucho menos “algo que puedas elegir”. El género en este tipo de regiones es un arma de doble filo: como carácter biológico, descriptivo, siendo del cual nace la violencia y represión hacia la sociedad, sobre todo hacia las mujeres a las cuales se las despoja del carácter independiente que deberían tener de facto.

De igual forma, se puede encajar que el género es binario (puesto que el sexo lo es), sin tener que hacer encajar o forzar a la gente en ningún tipo de rol preestablecido. Se debe respetar que cualquier persona no esté conforme con los estereotipos de género que se supone que ha de seguir, y hay que animarlos a que se expresen y convivan de la manera que más feliz les haga, sin pretender destruir un dispositivo de sexo-género en el que se basa nuestra especie, y tengamos que reescribir toda ciencia y biología que hay, y por haber, en base a conceptos impostados. Es necesario afirmar que la ciencia se reescribe, puesto que es falsable, pero los partidarios de esta corriente no buscan reescribirla en honor al método científico, sino retorcerla y doblegarla en favor a sus creencias, sin construir nada en su lugar.

No existe ningún argumento coherente para avalar que una mujer no pueda ser masculina (o un hombre femenino). Tampoco lo existe para hacerlo mediante la identificación totalmente individual, auto-percibida, subjetiva, idealista, y burda, la cual no se sostiene por propia definición. No encajar no significa que debas hacerlo. De tal forma, estaríamos perpetuando que sólo hay una manera de ser mujer u hombre y que si no encajas en ese concepto, eres algo totalmente inconexo, lo cual parece ser que cambia tu realidad material; algo lejos de la certeza. Desde el punto de vista social y cultural, ser hombre o mujer no implica que tengas que repercutir ningún tipo de comportamiento, sentimiento, emoción, etc.

¿Son los pronombres o indicadores de identidad útiles?

El sexo de una persona es algo reconocible casi al instante de ver a otra persona, por ello nuestro cerebro automáticamente registra la información, y la clasifica en la categoría binaria de “hombre y mujer” correspondiente. Como fruto, se puede comprobar que, en la inmensa mayoría de casos, salvo ínfimas excepciones, somos capaces de referirnos a cualquier persona y poner previamente a nuestras palabras un género concreto para referirnos a los demás. La idea de que alguien primero debe indicar su pronombre o “identidad de género” para que otros puedan dirigirse a otros, es absurda cuanto menos.
Cabe resaltar que los pronombres solo funcionan en tanto que queramos referirnos a alguien desde la tercera persona, puesto que en la inmensa mayoría de conversaciones nos referimos a los demás desde el “tú/usted”. Es así como parece más una cuestión de validación externa ante la información que se presenta de nosotros a terceros y siendo extremadamente específica, ya que solo parece ser que se trate exclusivamente de nuestra identidad auto-sentida. Se podría llegar a presentar injurias o calumnias de mi persona ante otros, que el problema realmente sería si me han llamado desde el “she/they”. Hay que añadir, no obstante, que en conversaciones privadas podemos referirnos a otros de la forma que se considere oportuno.

¿Estrategia política?

Autores ratificadores de lo queer, como J. Derrida, o Deleuze, afirman que desde estas identidades autosentidas, una repetición de las normas de género “desestabilizaría” el binarismo haciendo que éstas se diluyesen. Es así, como la propia autora J. Butler, reconoce esta estrategia tan conservadora denominándola como “transgresión”. Sin embargo, no es más que neoliberalismo disfrazado de progresismo.

Esto conforma un gran problema, puesto que, al basar esta estrategia en una transgresión tan conservadora sobre las “impuestas normas binarias”, lo que acaba haciendo es, reforzarlas. No cambia ni mucho menos el sistema en el que vivimos como sociedad; lo refuerza.

Toda identidad genera un alter, debido a que ésta al construirse mediante la exclusión de las diferencias, delimita una frontera entre “el yo y lo otro”, por lo que, si existe uno, existe “lo otro”. De esta manera, lejos de que el no-binarismo termine con este sistema binario ante el que nos encontramos, crearía uno nuevo en el que encontraríamos: el binarismo, y el no- binarismo.

De tal forma, qué cambiaría, al margen de la propia individualidad propia de cada persona. Si este tipo de teorías o identidades, de base repercuten las mismas normas conservadoras que se llevan expandiendo desde hace milenios, ¿cuál es el cambio? Sería por tanto erróneo calificar a esta teoría como “transgresora”. ¿Para qué es esta supuesta “libertad revolucionaria”?, y, ¿para quiénes?

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