El primer caso de corrupción de Pinochet hecho público en plena dictadura, por Jorge Lavandero

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por Jorge Lavandero (ex Senador)

El caso del Melocotón nació de una investigación que hicimos y publicamos en un suplemento al interior del diario Fortín Mapocho. Fue descubierto gracias a una confidencia del exministro y abogado Alejandro Hales, quien me advirtió que debía guardar su nombre en secreto mientras viviera. Uno de sus clientes y amigos le había relatado las presiones y exigencias que le hicieron para venderle su propiedad. Desde luego, hicimos copiar las escrituras en el Conservador de Bienes Raíces de Puente Alto, lo que parecía una jubilación prematura antes de su muerte. Mucho después, a su fallecimiento, se encontraron millones de dólares que había depositado en el Banco Riggs, lo que dejaría en evidencia a quienes no creían en la corrupción de la Mansión del Melocotón.

Con el inserto de las 10 propiedades del escándalo corrupto en el Fortín Mapocho, que se agotaba en solo horas, pensando en su gran difusión, llegamos a sacar 3 ediciones. Después nos enteraríamos que la CNI, para evitar su difusión, iba comprando todas las ediciones en los quioscos, advertidos por los mismos suplementeros.

Por los hechos de la Mansión del Melocotón y esos actos corruptos, me atreví a querellarme en contra del dictador. Con un gran escándalo, publiqué en mi diario Fortín Mapocho, en un apartado especial al interior, que mostré en una conferencia de prensa, todas las propiedades y sus roles de las cuales Pinochet se había apropiado. Fue el primer acto corrupto en el que se le pilló y que, al publicarlo, remeció al país en esa época. Me querellé en plena dictadura contra Pinochet por este escandaloso acto. El ministro de la Corte designado, Sr. Chañeaux, abrió el curso de mi querella e informó, en consulta con la Corte de Apelaciones, que esta recibió la causa a prueba, pero indicó que antes tenía que ser desaforado. Presenté la demanda a la Junta Militar por el desafuero de Pinochet y esta me contestó que ellos no eran el Congreso Nacional para desaforarlo.

Al dar el golpe de Estado, Pinochet había ido a la Notaría Zaldívar, declarando haber ahorrado, a mi juicio de muy mala manera, $350 mil pesos. Producto, según él, de que en vez de comprar un living para la casa donde fue designado agregado militar en Ecuador, llevó su propio living, quedándose con esa suma a cambio. Eso fue lo que declaró como el total de ahorro. Posteriormente, se compró 4 departamentos avaluados en sumas cercanas, cada uno, a 2 millones de dólares de la época, lo que también denuncié sarcásticamente en mi diario. Hay que advertir que ese diario se convirtió en uno de los más leídos, hasta 7 lecturas por diario, según las encuestas, ya que, además, se pasaba de mano en mano, escondido al interior de otro diario debido al gran temor que existía.

Hay que agregar la estafa que hizo Pinochet en la compra de la propiedad del Melocotón, al dictar un decreto para que el Ministerio de Obras Públicas expropiara y presionara en otros casos, para que le vendieran al Ministerio algunas propiedades colindantes. Por cierto, asustando a los dueños de esas 10 propiedades del sector del Melocotón, en las que gastó ese Ministerio 10 millones de pesos. Después, decretaría otro para que ese Ministerio vendiera las propiedades y se las adjudicara, por intermedio de su secretario particular, el coronel Darrigrandi, quien se las traspasó en 2 millones y medio de pesos.

No puedo dejar de mencionar al exsenador Adolfo Zaldívar, que hizo un recuento de lo que gastó por varios cientos de millones en puentes, seguridad, electricidad y comunicaciones. No obstante, a pesar de todo ese gasto, se le hiciera el atentado que casi le costara la vida al dictador. Por ese atentado, se mataron 4 personas, a quienes se les acusó, y a mí se me persiguió, se allanó mi casa, se mató a mi perro guardián. Solo por la precaución de un exsenador, miembro del PRODEN, que me empujó a adelantar mi viaje a Buenos Aires, me escapé, evitando ser asesinado junto a los otros 4 que ese día los mataron. Quisieron hacerlo contra mí, pensando que, por mi amistad con Fidel Castro, había participado personalmente en el contrabando de las armas que ingresaron al país por Carrizal Bajo, y que la bazuca que utilizaron provenía de allí. Debido a lo cual, tuve que irme, aceptando el consejo de aquel senador del partido Radical, para salir subrepticiamente en una especie de exilio a Buenos Aires, y quedarme por algo más de 9 meses, mientras el director de la CNI descubría otros rumbos del atentado y aceptara mi regreso a Chile, bajo ciertas condiciones que nunca acepté cumplir.

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